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Sentada en
lado izquierdo del autobús para ver el amanecer, nada se interponía ante mi
vista, podía contemplar la salida del sol. El horizonte parecía una postal
rojizo en la madrugada, con el mar tranquilo
y sereno.
El
amanecer, una nueva oportunidad de
volver a empezar. Aquel día más que nada en el mundo necesitaba presenciar el
comienzo del nuevo día, sentirme en paz
con la vida que dejaba y esperanzada con la que comenzaba. No quería darme
tiempo para pensar en lo que estaba haciendo, mi madre me había perseguido por toda la casa prohibiéndome
que me marchara, mi determinación flaqueo un poco, pero la decisión estaba
tomada.
Creí
que mi padre sería un mayor obstáculo, pero creo que comprendía que aquel
pueblo estaba muriendo. Mis malas experiencias del pasado me habían
enclaustrado en mi habitación. Los
jóvenes en cuanto podían se marchaban, dejando un lugar cansado y triste. Me
animó a viajar y a buscar la felicidad donde la encontrara.
Así
deje la casita de mis padres, era pequeña de dos plantas típica de la zona,
pintada de blanco y con la puerta azul. A mi madre le encantaban las plantas,
era la envidia de las vecinas, tenía la
fachada más bonita del pueblo. Ella aún vivía en los años 70, la cas limpísima
y con tapetitos por todas partes. No tenía ni idea de lo que era un ordenador,
ni quería saberlo. Aún recuerdo la primera vez que utilizó un móvil, le daba un
miedo terrible, pero ahora no se separa de él. Mi padre siempre se quejaba de
lo que le gustaba hablar y de lo cara que era la factura. Pero ella siempre
andaba “colgada” hablando con alguno de mis hermanos, todos habían seguido su
camino.
Este era mi momento, empezar una
nueva vida fuera de la burbuja que era mi pueblo. Me daba miedo lo que me
esperaba fuera, pero aún me aterrorizaba más no atreverme a vivirlo, no tenía
nada que perder. Tomé todo mi dinero ahorrado y la dirección de mi primo
Salvador “el rarito”, al menos no iba a empezar a ciegas, me esperaba casa y
trabajo. Todo lo había dispuesto en una semana, pero no se lo dije a mis padres
hasta el día antes de partir.
Mi
reflejo en la ventanilla me devolvía a la realidad. ¿Qué se me había perdido a
mi tan lejos? Y lo peor de todo sin saber nada más que lo básico del idioma,
realmente estaba loca. Siempre era demasiado impulsiva, hacía todo como me
venía a la cabeza, mi cerebro y mi cuerpo iban a ritmos diferentes. Se me
pasaba algo por la cabeza y de pronto me descubría a mi misma realizándolo.
En
Aguazul no tenía oportunidad de rehacer mi vida y buscar por Internet el amor
me parecía algo frío e irreal. Terminé desistiendo, así que me inventé al chico
ideal, esa persona perfecta y romántica ya existía: mi actor favorito Marc
Lewis.
Lo
conocía todo sobre él, era un actor ingles, había tenido un gran éxito en una
película americana. No había revista donde no apareciera ni programa donde no
dieran alguna noticia sobre él. Las fans lo asediaban, casi no podía salir de
casa, ni acercarse a nadie, el novio perfecto para mí por ser del todo
inalcanzable.
Ese fue otro atractivo para decidir marcharme a esa ciudad, saber que él a veces andaba por allí. Todos los días buscaba noticias sobre Marc en mi portátil, ver su cara me alegraba el día y me permitía soñar, con un mundo rosa lleno de amor.
Era
un chico de un metro ochenta desgarbado y con pinta de “yo solo pasaba por
aquí”. Estudiaba cada gesto que hacía en
mi afán por conocerle, sabía que esto no era muy sano y podía acarrarme
problemas. Pero cada día me perdía en sus ojos claros y me preguntaba que había
tras ellos.
Así
que viajaba con mi portátil a buen recaudo y con una foto suya guardada en mi
cartera, era capaz de enfrentarme a todo. Esto hacía que pareciera una
acosadora, estaba a otro nivel respecto a mi madre y su amor por Manolo
Escobar.
Llegué
al aeropuerto con tiempo suficiente, me senté muy quieta, no quería darme
motivo de arrepentimiento. Supongo que fue solo pura casualidad, pero en ese
momento dieron la noticia de la próxima vuelta de Marc a Londres, lo tomé como
una señal divina. Me aferraría a cualquier cosa que me diera confianza en mi
decisión.
El
vuelo fue de lo mas estresante, los oídos me dolían una barbaridad, menos mal
que me tocó al lado una pareja de ancianitas que se durmieron en seguida y no dieron mucha guerra.
No
me lo podía creer, a mi llegada a la terminal estaba ya anocheciendo, eran
apenas las tres de la tarde. Seguí fielmente las instrucciones de mi primo,
tomé el tren hasta la estación Victoria y desde allí a buscar el Pub donde el
trabajaba.
Ande
rápida y segura, como si tuviese alguna idea de donde me dirigía. Pero no podía
dejar de mirar de un lado a otro, me encantó la ciudad. El ambiente cosmopolita
de la gente, de todas las razas imaginables. Me enamoré a primera vista. Llegue
como en una nube al local donde mi primo me esperaba.
Desde
luego me costó mucho reconocerle, se había rapado la cabeza, los kilos que
tenía de más, los había convertido en puro músculo, todo bien visible porque
solo llevaba un chaleco de cuero negro. Me asuste mucho al verle, pero en cuanto me saludo y me abrazó, reconocí en el
a mi alocado Salvador.
Tuve
que esperar al final de la barra a que terminase el turno, no me atreví a
buscar sola la dirección. Estaba muy distraída observando todo lo que pasaba a
mi alrededor aunque solo hablaban en Ingles, era la primera vez que estaba en
un sitio de ambiente. La verdad es que me preocupé cuando empecé a ver todo
aquello bastante sexy, dos chicos besándose, ¡Muy interesante…!
Ya
de madrugada llegamos a su pequeño piso, estaba encima de una librería, era la
única vivienda del edificio, tenía una larga escalera oscura para llegar al
umbral de la puerta.
El
apartamento contaba con un diminuto salón todo decorado en tonos verdes oscuros, contaba con una
cocina americana pero la suciedad me impedía distinguir de qué color eran los
muebles. La luz mortecina de la única lámpara que había en el salón, daba a
todo un aspecto sórdido y pesado. Me rebote cuando me entere que tenía que dormir en aquel sofá, su dudosa limpieza me
hizo estremecer.
Me
quedé helada cuando Salvador me dijo que se marchaba a trabajar a Canadá por
unos meses y que al día siguiente me dejaba aquel palacio solo para mí. Con mi primo fuera de escena,
podría adecentar aquel sitió sin ofender su sensibilidad, si es que tenía de
eso.
De
madrugada oí el portazo que dio Salvador al marcharse, estaba tan cansada que
no levante ni una pestaña. A la mañana
siguiente, a la luz del día, pude ver hasta que punto llegaba la suciedad de
aquel lugar.
Todo
era peor de lo que esperaba, no había nada de comer y ningún producto para
limpiar. Tenía que desinfectar todo aquello, el color de la ropa era de un gris oscuro, sospechaba
que en su origen eran blancas. Mi querido
primo solo me había dejado las llaves del piso en el mueble de la
entrada y un papel arrugado con la dirección del trabajo que me había buscado.
No
tenía ni idea de donde ir para comprar todo lo necesario, solo contaba con las
libras que había cambiado antes de venir, ¡Ups!
¿Cómo iba el cambio?
Tuve
un golpe de suerte, cerca de casa había una tienda pequeña, una especie de tienda de barrio de toda la vida. El dueño
era un hueso, pero pronto apareció un chico menudo, lleno de granos, hizo lo
posible por entenderme. Me conforme con lo necesario para hacer la colada, algo
para limpiar el suelo, la cocina y el baño, el mismo producto me tenía que
servir para todo.
La
comida fue toda una odisea, me conforme con un gran paquete de pan de molde y
algo de fiambre. Mi compra me costó una fortuna, me sentí estafada, tenía que
enterarme de donde estaba el centro comercial.
La
limpieza del piso me llevo todo el día, a las diez de la noche caí exhausta en
el sofá aún húmedo. No quería ser tan tiquismiquis, pero no podía vivir con
tanta suciedad a mí alrededor. Puse la tele pero tuve que apagarla, no entendía
nada de lo que decían, gracias a mi ordenador podría ver mi serie favorita y
por supuesto saber algo de mi amado Marc.
En
pocos días iba a empezar a trabajar en un Starbucks, el dueño era muy “amigo”
de mi primito, desde luego tenía que serlo para contratarme a mí que casi no
sabía una palabra de Inglés. Con casa y trabajo mi aventura en Londres podía
comenzar.
Mi
estreno fue bastante deslucido, estuvo toda una semana diluviando. Mis paseos
de reconocimiento del lugar los hice como una rata mojada. Me matriculé en una
escuela gratuita para aprender el idioma y conseguí una subvención para el
transporte.
El
trabajo no fue un gran problema, servíamos cafés descafeinados y chocolates
aguados. Mi compañera Sara resultó ser de lo mas simpática, me ayudaba mucho a
aprender.
Nuestra
cafetería estaba bastante cerca del centro y en ocasiones no había tiempo de
descansar. A mi todo me sabía a lo mismo, pero teníamos una gran selección de
bebidas calientes, tuve memorizarlas y sobre todo aprender cómo sonaban en
Inglés.
Mi
vida allí se hubiera vuelto de lo más rutinaria si no hubiese conocido a mi
querido Charly, lo encontré como un gato abandonado en las escaleras de casa,
tenía los ojos ojerosos y gimoteaba. Su aspecto era de lo mas chocante, fuera
de lugar en aquella oscura escalera, estaba vestido a la última, con el pelo
engominado brillante. Era como un modelo de pasarela, me agaché junto a él y le
pasé un pañuelo de papel.
_ ¿Tu quien eres?_ su mirada era
de lo más hostil.
_ ¿Eso no debería preguntártelo yo?_
me senté junto a él, las piernas me estaban matando_ Soy Irene y vivo ahí
arriba.
_ ¿No querrás hacerme creer que
de pronto ese mastodonte se ha vuelto hetero? – dejó de gimotear para mirarme
del todo incrédulo.
_ Yo sólo soy su prima ¿Conoces a
Salvi?
_ Ese gañán desagradecido, me ha
dejado con un mensaje en el móvil_ me enseño el mensaje_ He venido porque no me
lo podía creer.
Le
hice subir a casa para darle una taza de té, pero al final terminamos
poniéndonos ciegos de whiskey, de eso el dueño del piso estaba bien surtido.
Nos
hicimos amigos al instante, sabía muy bien por desgracia como se sentía. Charly
era el último novio oficial de mi primo, lo había abandonado cobardemente. Los
hombres eran todos unos cerdos, menos mi Marc por supuesto.
Hablamos
una especie de mezcla de español e inglés, como lo hacen en Gibraltar. Nos
contamos nuestras vidas y nuestros sueños. Desde ese día nos hicimos
inseparables.
Charly
me enseñó cómo sobrevivir en la ciudad, las mejores tiendas y bares de copas. A
cambió le revelé los secretos de la comida española, eso sí al estilo
londinense, cocinaba con lo que podía encontrar.
No
se quedó tranquilo hasta conseguir un cambio de estilismo en mí. Me llevo a una
peluquería para que transformaran completamente mi peinado, lo llevaba de un
color indeterminado. Lo cortaron, me lo pusieron hacia la cara y de un rubio
muy favorecedor, hacía resaltar mis ojos grises.
Por
la moda no me preocupe mucho, allí podías ir como quisieras, aunque claro yo
tenía que ir como le gustara a Charly. Gracias
a él conseguí un poco de estilo, antes de salir me pasaba revista. Ahora
hasta me sentía guapa, él no paraba de decírmelo a todas horas, me gustaba
creérmelo un poco.
Charly
siempre iba igual que un maniquí, trabajaba en un importante bufete de
abogados. Un trabajo muy gris para él, pero le cubría sus facturas y gastos.
Tenía suerte, Charly me había tomado bajo sus alas y me financiaba a mí. Así
podía vivir a tope la vida nocturna de la ciudad que era mucha y variada.
Al
cabo de un año conseguí hablar un inglés bastante aceptable, aunque a veces me
salía la vena española y soltaba alguna barbaridad. Pero mi apariencia no me
hacía destacar, me mimetizaba a la perfección entre los ingleses. Desde luego no era la típica española, morena y de
ojos impresionantes. Tenía que jugar con lo que Dios me había dado, Charly me
había ayudado a saber como sacarme partido. Gracias a él y a sus amigos era
ahora totalmente desinhibida con los chicos.
Mis
expectativas sobre mi nueva vida se estaba cumpliendo, pero aún me faltaba el
amor, lo buscaba en todos los hombres que iba conociendo mi ideal. Todos quedaban
menguados cuando los compraba con Marc. ¿Pero qué me dirías si te dijese que lo
imposible puede ocurrir?
Esa
noche igual que muchas otras fuimos de Pubs por Londres, estuvimos de fiesta
casi toda la noche, estábamos bailando en un garito lleno de humo, el ruido de
la música y las conservaciones eran ensordecedores, mi borrachera considerable.
Creo que estaba haciendo un poco el payaso, bailando sin parar y gastando
bromas a mi grupo.
Charly
estaba empezando a poner esa cara de “ya es suficiente”, sabía que tenía razón
y pensaba despedirme de la forma más escandalosa posible, bailando sin dejar de
girar.
En
uno de mis giros, fui a caer encima de un pobre incauto que estaba sentado con
un grupo tan ruidoso como en nuestro. Quería levantarme pero no podía, la risa
y la borrachera no hacían buenas migas. Pedía disculpas en español y en inglés
entre carcajadas, hasta que me di cuente de el chico me estaba sujetando, le
miré a la cara para llevarme la mayor sorpresa de mi vida. Marc Lewis me miraba
igual de divertido. Fue un acto reflejo no lo pude evitar, el amor de mi vida a
mi alcance. Le bese.
Un
beso urgente y avasallador, no quería darme cuenta de si estaba correspondida,
solo quería sentir sus labios. Besar esa boca tan soñada por mí, probar su
sabor.
Volví
a la realidad cuando sonaron las atronadoras voces de su grupo vitoreando mi
acción, no me podía avergonzar, lo había
conseguido, conocerle, besarle, un rayo podía caer del cielo en ese momento.
El
me miró sorprendido y divertido, ante la algarabía que se había organizado,
sólo era consciente de sus ojos se clavaron en mi con una pasión cegadora, me
devolvió el beso con más intensidad que el mío, esta vez pude saborear su boca
libremente, pero sólo puede tocar el
cielo unos momentos, Charly me arrancó de sus brazos, sólo pude decir -¡Adiós!-
y encima en español. No se puede ser mas tonta, quise volver pero mis amigos me lo impidieron.
Cuántas
veces había soñado con un encuentro y cuando sucede estoy borracha, al menos le
había besado, aunque para ser más patética no me acordaba muy bien. En mi
aberrante pensamiento comenzó a formarse la idea de que no fuera Marc, quizás
me había confundido de persona, y si sólo se trataba de un chico que se le
parecía, pero ¡madre mía que chico! Aun sentía su calor en mis labios.
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